miércoles, 21 de septiembre de 2011
martes, 20 de septiembre de 2011
LA ÉTICA DE LOS DIPLOMÁTICOS
LA ÉTICA DE LOS DIPLOMÁTICOS
Cuenta el humorista que un aspirante a diplomático fue interrogado por la diferencia entre diplomáticos y políticos a lo que respondió: “Los diplomáticos no dicen lo que saben y el políticos no saben lo que dicen”. Humor aparte las relaciones diplomáticas son un capítulo quicial de las modernas relaciones internacionales entre los Estados soberanos con una misión especial que cumplir. Ellas son un factor determinante de la armonía y comprensión entre los gobiernos de las naciones y cuyo objetivo se intenta conseguir en la práctica mediante una buena diplomacia. La política sin más comparte este objetivo con la diplomacia pero sólo en el ámbito restringido del Gobierno legítimo de cada país y sus súbditos respectivos.
1. ACTIVIDADES DIPLOMÁTICAS Y PUBLICIDAD POLÍTICA
Las actividades diplomáticas son comparables con las actividades políticas como las relaciones públicas lo son con la publicidad. Son de hecho política, pero aspiran a serlo con rostro más humano. Por analogía, pues, se puede decir que el uso honesto o inmoral de la diplomacia es comparable a las prácticas honestas o inmorales de las relaciones públicas. La auténtica diplomacia de rostro humano evita el maquiavelismo como el genuino relacionador público evita convertirse en un publicista corrupto. En ambos casos los códigos de conducta personales y profesionales juegan un papel protector decisivo. Los grupos políticos suelen disponer de gabinetes de prensa y de imagen y los diplomáticos son en gran medida expertos de imagen al servicio de los países que representan en aquellos otros que los aceptan. Una de sus misiones más importantes consiste en reflejar y transmitir fielmente la buena imagen de la nación que representan con vistas a conseguir ventajas políticas, económicas y culturales. Y todo ello teniendo en cuenta los aspectos positivos y legítimos intereses de los países a donde son enviados. Las relaciones diplomáticas constituyen una modalidad de las relaciones públicas modernas de importancia capital para el logro de una convivencia mundial en paz y progreso. Pero este aspecto ha sido tradicionalmente poco o nada tenido en cuenta por los moralistas habiendo quedado secuestrado por los expertos del derecho político, los cuales lo tratan unilateralmente desde el punto de vista mecánico y funcional.
2. BREVE HISTORIA DE LA DIPLOMACIA CIVIL
La costumbre de enviar lo que hoy día llamamos misiones diplomáticas se remonta a los tiempos más antiguos entre los pueblos civilizados. Sin embargo, el término “diplomacia” es de uso reciente. Se dice que fue acuñado para el lenguaje moderno por el cardenal Richelieu (1585-1642). La costumbre en Occidente de enviar misiones diplomáticas se consolidó con el imperio romano, pero sufrió una gran crisis con las invasiones de los bárbaros durante la edad Media. Lo contrario ocurrió en Oriente, al abrigo del imperio de Constantinopla. Fueron los hombres de Estado italianos los que en la Edad Media, y más aún durante el segundo renacimiento, corrompieron la diplomacia, convirtiéndola en un arte sutil con predominio de la astucia al servicio de la intriga política y del egoísmo. Esta imagen corrupta de la actividad diplomática culminó en Maquiavelo cuya influencia ha sido nefasta en los activistas políticos hasta nuestros días. De ahí el que los términos “político” y “diplomático” se usen a veces como sinónimos de astucia e hipocresía.
La diplomacia como institución pública se consolidó durante el segundo renacimiento con el nacimiento de las repúblicas y principados. El nacimiento de nuevas nacionalidades trajo consigo la necesidad de establecer un sistema de relaciones diplomáticas entre los nuevos Gobiernos, el Emperador y el Papa. Hasta la segunda mitad del siglo XV estas relaciones se llevaban a cabo mediante legaciones personales pasajeras. El diplomático era un representante o delegado personal que cumplía misiones ocasionales en nombre de su soberano. La ampliación progresiva del horizonte geopolítico a finales del siglo XV obligó a adaptar la forma de representación tradicional a nuevas formas de relaciones internacionales inspiradas en un nuevo concepto de soberanía. Hora el soberano es una persona física con derecho a representación diplomática en nombre de la colectividad. Es dentro de este concepto nuevo de orden internacional y político donde aparecen los embajadores modernos como representantes de las nuevas repúblicas, del Emperador o del Papa. Según los historiadores, el primero en utilizar las embajadas permanentes al estilo moderno fue Enrique VII de Inglaterra (1457-1509). No obstante, el verdadero iniciador del sistema de embajadas, que comprende misiones diversas y de forma permanente fue el cardenal Richelieu. Esta transformación fue jurídicamente reconocida a raíz del tratado de Westphalia en 1648 y culminó en el Congreso de Viena de 1815. En aquella ocasión se definió la presencia de los agentes diplomáticos de forma reglamentada. Normativa ésta que fue completada después en Aix-la-Chapelle en 1818.
Llegamos así hasta el año 1961, cuando la Conferencia de Viena revisó el status de los agentes diplomáticos orientando sus actividades hacia la promoción de la amistad entre los pueblos respetando la diversidad de los regímenes políticos y socio-culturales. Para mejor cumplir con esa misión se definieron también los privilegios e inmunidades de los cuerpos diplomáticos acreditados. Se impuso el criterio de que la política debe estar subordinada a los principios del derecho y a la salvaguardia de la paz entre los pueblos. Los conflictos entre naciones deben resolverse mediante conversaciones de paz y no mediante el recurso a la guerra. En este contexto la diplomacia tiende a ser pragmática y se ha liberado de la fastuosidad de otros tiempos. El diplomático clásico era un orador o retórico, que ha sido sustituido por los agregados comerciales, culturales, militares, de prensa y otros expertos, según lugares y circunstancias. Prevalece el realismo de los problemas prácticos, cuya solución exige más preparación y competencia profesional que solemnidades y fastos sociales. Los diplomáticos antiguos defendían a capa y espada los intereses de sus países respectivos, incluso en abierta rivalidad. El buen diplomático moderno, en cambio, es un programador que busca fórmulas ventajosas para todas las partes en litigio presenta soluciones de utilidad recíproca en nombre del bien común. La buena diplomacia se interpreta como alternativa humana al aislamiento y a la guerra. La paz y la comprensión es el motor de la buena opinión, tan apreciada por los profesionales de las relaciones públicas. Lo ideal sería que las relaciones diplomáticas fueran capaces de desarmar a los ejércitos más poderosos con la paz, fruto sazonado del diálogo paciente y la mutua comprensión entre las parte beligerantes. Para llevar a cabo tan noble misión, el diplomático debe aprender el arte de la paciencia y del saber esperar para llegar a la paz superando todos los obstáculos emergentes durante los procesos de negociación.
3. LA DIPLOMACIA PONTIFICIA
La diplomacia pontificia o vaticana surgió ya en los primeros siglos de nuestra era cuando los papas todavía no ejercían poderes temporales, culminó con el advenimiento del poder temporal y ha seguido los avatares de la diplomacia civil. A este respecto, sin embargo, es interesante el hecho de que la actividad diplomática pontificia no ha sufrido interrupción ni siquiera a finales del siglo XIX cuando el Papa perdió los denominados “Estados Pontificios”. Paradójicamente, a raíz de este hecho histórico, aparentemente adverso, la diplomacia vaticana se liberó felizmente de intereses temporales y ganó en calidad. A partir de ahora se centrará en la promoción y defensa prestigiosa de los intereses espirituales de la Iglesia en el mundo entero. Durante los primeros cuatro siglos de su existencia el papado se preocupó por mantener la unidad de todos los cristianos bajo la soberanía espiritual de la Santa Sede o Sede de Pedro, cabeza de la Iglesia universal y en el contexto de esta alta misión surgieron los vicarios apostólicos. Estos eran obispos residenciales con especiales poderes pontificios delegados sobre los demás obispos de un mismo territorio. Ejercían su misión apostólica delegada de forma análoga a como lo hacen actualmente los delegados apostólicos. En tiempos del Papa español S. Dámaso, a finales del siglo IV, había vicarios apostólicos en Sevilla, Tarragona y Toledo, en España. En el siglo V aparecieron los apocrisarios o corresponsales en calidad de representantes o procuradores en la corte de Bizancio. Su objetivo principal era seguir de cerca los asuntos más importantes de la Iglesia en aquellas regiones. Solían ser simples diáconos, encargados de vigilar la integridad de la fe y tener informado al Papa.
Julián, obispo de Cos, en el año 453, es considerado por los expertos como el pionero de la diplomacia actual vaticana, cuando el Papa león I le envió ante el emperador Marciano con autoridad pontificia para “mejor salvaguardar la paz de la Iglesia” perturbada por los herejes de la época. La novedad está en que fue enviado como mensajero de paz al margen de la condición episcopal del delegado. La Iglesia confiaba el éxito de estas delicadas misiones a la honradez y habilidad de estos delegados ante las cancillerías. Después aparecieron los legati o legados sin más. Se trata de personas designadas por los papas para resolver asuntos muy puntuales y concretos. Por ejemplo para presidir en nombre del Papa un concilio o un acontecimiento de gran importancia al que el Papa no puede asistir personalmente. Estos legados adquirieron gran protagonismo durante el pontificado de Gregorio VII (1073-1085), que los enviaba, de forma permanente o casual, según los casos, ante los jefes de Estado, con amplias facultades para intervenir ante las autoridades civiles y episcopales. Así es como nació la figura del actual Nuncio de la Santa Sede. Los nuncios eran enviados para desarrollar alguna función diplomática especial ante el emperador y los reyes de la época. Con Gregorio VII la institución de los nuncios se convirtió en un órgano fundamental del gobierno de la Iglesia. Canónicamente, sin embargo, los vicarios apostólicos mantuvieron siempre su supremacía e importancia sobre los legados y nuncios. Su misión es permanente y se denominan vicarios de la Sede Apostólica. El nuncio, en cambio, se llama legado romano y su misión es temporal, lo cual no obsta para que en casos particulares el Papa designe a un nuncio para más altas y representativas misiones.
El prestigio de estas delegaciones creció a partir del siglo XI, cuando las personas designadas para tales misiones empezaron a ser legados a latere o cardenales, los cuales actuaban con mayor autoridad en sus gestiones con los poderes públicos. El último legado a latere en la historia de la diplomacia pontificia fue el cardenal Caprara, enviado por Pío VII en 1801 ante Napoleón con ocasión del Concordato. Tras la firma del mismo el ilustre purpurado se quedó en Francia en calidad de legado pontificio. Todo lo dicho no obstaba para que el Papa delegara amplias facultades en ciertos arzobispos residenciales bajo el título de legatus perpetuus o legatus natus. Estos delegados representaban a la Santa Sede en el territorio de residencia de dichos arzobispos. A su autoridad como obispos residenciales se añadía otra por delegación pontificia para tratar sobre determinados asuntos propios de la región. En España el arzobispo de Toledo gozó siempre de esas prerrogativas.
Con las cesiones territoriales de Pipino el Breve y Carlomagno, el Papa quedó automáticamente implicado en el poder temporal. Para la comprensión histórica de este hecho hay que tener presente el peligro que suponían en aquella época las pretensiones del islam sobre Occidente. Estaba en juego la sobrevivencia de la civilización cristiana amenazada por el imperio musulmán y los cristianos veían normal que fuera el Papa su árbitro supremo para mantener la unidad de toda la cristiandad. Ante tal situación de emergencia, la mayoría de los cristianos no dudó en someterse espontáneamente a la soberanía espiritual propia del Papa y a la temporal que le llegaba mediante donaciones generosas de particulares, que pronto requirieron, para su administración, la creación de nuncios y colectores de réditos y beneficios. Los nuncios, además de funciones administrativas, cumplían con delicadas misiones informativas y de negociación diplomática de carácter temporal bien definidas.
En el siglo XVI la figura del nuncio aparece ya como un auténtico diplomático eclesiástico con destino fijo y misión ad omnia, es decir, instituido para negociar todos los asuntos emergentes en el lugar de destino en nombre de la Santa Sede. Con los grandes cambios socio-políticos y religiosos del siglo XVI se consolidaron las misiones diplomáticas permanentes, sobre todo por razones de orden político y económico. A principios del siglo XVII la diplomacia pontificia había alcanzado un extraordinario esplendor, que comenzó a declinar en 1648 con ocasión del tratado de Westphalia. El movimiento anti-romano regalista y galicano produjo sus efectos obstruccionistas hasta el punto de que durante el imperio napoleónico sólo quedaron dos nuncios en funciones.
El Congreso de Viena de 1815 significó un nuevo resurgir de la diplomacia pontificia. Paradójicamente, las dos guerras mundiales hicieron comprender al mundo entero que nadie como la Iglesia busca más desinteresadamente el bien de los pueblos en lo religioso, cultural, político y económico, inspirada en la antropología del Evangelio y la promoción de los derechos humanos fundamentales, entre ellos, la vida, la libertad y la paz. De hecho, no hay jefe de Estado del mundo contemporáneo que desaproveche la ocasión de visitar al Obispo de Roma, o sea, al Papa, o de recibirle en cualquier rincón de la tierra, al margen de consideraciones religiosas, tradiciones culturales o incomprensiones políticas. La diplomacia pontificia es un humanismo de élite inspirado en la antropología del Evangelio y los derechos naturales del hombre.
4. DEFINICIÓN Y RESABIOS CONTRA LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS
Las relaciones diplomáticas pueden ser definidas como la comunicación oficial y permanente entre Estados de derecho por mediación de una delegación permanente recíprocamente reconocida. Su función principal consiste en facilitar y regular las relaciones entre los Estados, según sus intereses respectivos, dirimiendo los conflictos de intereses mediante conversaciones pacíficas. Los expertos fundamentan racionalmente las relaciones diplomáticas en la ley natural, que exige el que los pueblos vivan y se desarrollen en el respeto y la concordia resolviendo sus problemas evitando las guerras y fomentando la comprensión y la paz. La diplomacia actual tiende a dirimir los antagonismos en el mundo, a crear un ambiente social y político en el que la razón prevalezca sobre la fuerza y el progreso y la prosperidad de cada Estado se realicen en armonía con los legítimos intereses de la comunidad internacional.
En este contexto global la diplomacia pontificia ha sido definida como una ciencia y un arte al mismo tiempo. Regulada por el derecho canónico e internacional, busca el buen entendimiento entre la Iglesia y los Estados en la búsqueda común de la paz social y del progreso humano de los pueblos respetando toda vida humana, desde su fecundación hasta su ocaso natural, promoviendo la paz y el respeto de los auténticos valores religiosos, morales y sociales. La diplomacia pontificia es también una ciencia sui generis, por cuanto justifica su forma de organizarse y de actuar inspirándose en la ley natural y en principios teológico-jurídicos de los que depende la estructura misma de la Iglesia. A todo esto añade las reglas generales de la política y del derecho positivo internacionalmente reconocido. Es, pues, una ciencia en la medida en que se apoya en una fundamentación racional sólida. También se dice que la diplomacia pontificia es un arte. Esto nos lleva a pensar en la habilidad y experiencia práctica que requiere el ejercicio exitoso de esta profesión. No es fácil, en efecto, compaginar valores trascendentales con los terrenales, temporales y caducos, que son los que más interesan a los grupos políticos y a las instituciones estatales.
El diplomático pontificio se ocupa de todo tipo de asuntos que atañen directamente a la Iglesia y al Estado al mismo tiempo. Por extensión se ocupa también de los aspectos morales y sociales que afectan a la convivencia pacífica entre los pueblos. Y todo ello por la vía del diálogo civilizado y de las buenas razones de suerte que el Estado respete y asegure la libertad de acción necesaria a la Iglesia para que pueda cumplir con su deber de servicio a la humanidad. En este noble quehacer la diplomacia pontificia coincide y se identifica con muchos de los objetivos fundamentales de la diplomacia civil. Por ejemplo, en la promoción del progreso humano a escala mundial, el buen entendimiento entre las naciones y, sobre todo, en la promoción del respeto a los derechos fundamentales del hombre y resolución pacífica de los conflictos de intereses entre las naciones. Pero el diplomático pontificio no se queda en el plano exclusivo de la justicia social porque sabe que ésta por sí sola no resuelve satisfactoriamente todos los problemas del hombre sino que hay que tener en cuenta también la caridad cristiana como valor superior del humanismo integral. Este aspecto es el menos y peor comprendido por los diplomáticos civiles y el que requiere mayor habilidad por parte del diplomático pontificio.
En términos generales, los diplomáticos han sido tildados de hipócritas y maquiavélicos. En el lenguaje coloquial muchas veces el término “diplomático” es un descalificativo moral por el hecho de que las formas de comportarse de los diplomáticos son aparentemente impecables, pero en el fondo inducen a pensar en la duplicidad y el engaño. El calificativo más indicado para definir moralmente al diplomático sería “astuto”. Se tiene la impresión de que, mediante formas de conducta muy sofisticadas, los diplomáticos sólo buscan influencia y poder, para lo cual se comportan maquiavélicamente justificando el recurso a cualquier medio, aunque sea objetivamente deshonesto. Diríase que las relaciones diplomáticas tienen mucho de parecido en el campo del poder político con las relaciones publicitarias en el ámbito del comercio. Existe la sospecha de que se aplica subliminalmente el principio maquiavélico de que el fin del poder justifica el recurso a cualquier medio para lograrlo y retenerlo. El diplomático, como todo experto en relaciones públicas, no actúa desinteresadamente sino que tiene intereses creados como el publicista y el propagandista demagógico.
Aunque estos reproches no carecen de fundamento, hemos de reconocer que la verdadera diplomacia se decanta y caracteriza por la nobleza de sus intereses, la forma abierta de propugnarlos y los medios razonables para alcanzarlos. La hipocresía y el maquiavelismo son la negación misma de la auténtica actividad diplomática. Contra el peligro real de hipocresía, la ética profesional exige al diplomático verdad y trasparencia y contra el maquiavelismo, honestidad a prueba de cañón. También el diplomático pontificio puede caer en esas tentaciones de la diplomacia civil. Por ello se han formulado algunas objeciones contra la supuesta necesidad de la diplomacia pontificia. ¿Es compatible con la dignidad de la Iglesia recurrir a la diplomacia confundida muchas veces con la habilidad y astucia de los hombres, relacionada muchas veces con subterfugios y compromisos frágiles y sospechosos? ¿No significa esto un desdoro para la santidad que la Iglesia propugna como objetivo propio exclusivo? A la diplomacia pontificia se le atribuyen a veces los mismos defectos que a la civil, en la que juegan un papel importante la intriga, el espionaje y la intromisión en los asuntos de otros países. ¿Por qué no delegar en las legítimas autoridades eclesiásticas locales para gestionar directamente con las autoridades civiles respectivas los asuntos relacionados con la Iglesia evitando así el recurso a la diplomacia como institución secular?
Es obvio que la diplomacia, como institución profesional, no es necesaria para la misión espiritual de la Iglesia. Pero experiencia histórica obra en su favor por responder a una forma de actuar realista y adaptada a los signos de los tiempos. Los cristianos, en efecto, no viven en un planeta etéreo sino que son ciudadanos de países y naciones concretas en las que hay autoridades civiles y problemas que resolver que atañen a la Iglesia en sí misma y a sus estructuras sociales. Para cumplir con su misión humana en el mundo la Iglesia necesita de espacio temporal y geográfico de libertad suficiente, cosa que no siempre los Estados están dispuestos a conceder. Por otra parte, la diplomacia pontificia asume y se identifica con todos los objetivos nobles de la diplomacia civil. Es obvio que, aunque absolutamente hablando, las instituciones diplomáticas son innecesarias para la Iglesia, en la vida real son muy útiles y convenientes para facilitar la misión espiritual de la Iglesia en beneficio de la entera humanidad. Más aún, absolutamente hablando tampoco son necesarias las catedrales ni las iglesias parroquiales y, sin embargo, nadie con un poco de buen sentido de la realidad pretenderá que se destruyan porque, para adorar a Dios y practicar la caridad, basta el edificio místico de la propia santidad personal. El que haya diplomáticos corruptos, hipócritas o ambiciosos no es razón para negar las ventajas del ejercicio responsable de la diplomacia pontificia. El propio San Gregorio Magno, que fue un gran diplomático, llamó ya la atención contra la actividad diplomática confundida con el arte de la disimulación y de los artificios para velar el pensamiento con palabras, hacer pasar por verdadero lo falso y lo falso por verdadero.
Los expertos consideran que la segunda objeción contra la diplomacia pontificia es banal y sospechosa por el hecho de que se ha adaptado con realismo a los signos de los tiempos y actualmente se ocupa de cuestiones de carácter religioso y espiritual en nombre del Obispo de Roma, el Papa, como cabeza primera responsable de toda la cristiandad. La Iglesia de Cristo es por esencia universal, no nacional o regional, y el Papa mantiene el timón de la unidad y de la universalidad de muchas formas. Una de ella, mundialmente reconocida por los poderes temporales contemporáneos, es a través de sus delegados o representantes directos. La acusación de presunta injerencia en los asuntos de otros países resulta algo ridícula y sospechosa. Tras ella se oculta un sentimiento teológicamente insostenible, que hace pensar en un concepto de iglesia “nacional”, lo cual es una contradicción in terminis. La Iglesia trasciende las fronteras geográficas y políticas conocidas y, por consiguiente, cuando interviene lo hace dentro de su propio terreno y competencia y no atropellando el terreno ni las competencias de otros. Se ha de tener en cuenta, además, que los súbditos espirituales del Obispo de Roma (El Papa) son ciudadanos de derecho del país donde viven y sus asuntos como cristianos son parte integral de los asuntos comunes de sus respectivas naciones. En consecuencia, cuando la diplomacia pontificia vela por los intereses humanos y espirituales de su competencia no se injiere en lo que no debe, sino que colabora al bien común con pleno derecho. Las cuestiones directas Iglesia-Estado se enmarcan en el contexto del derecho internacional y desbordan la competencia jurisdiccional ordinaria de las autoridades eclesiásticas locales. En relación con el riesgo de convertir la diplomacia en un arte del éxito injusto mediante la aplicación del espíritu maquiavélico cabe recordar que la diplomacia pontificia es anterior a Maquiavelo y responsablemente ejercida es el arte de crear y conservar la tranquilidad del orden internacional y la paz; de establecer relaciones humanas mediante la aceptación de unas reglas de juego honestas, libres y legales y no basadas en la fuerza, la astucia o el antagonismo de intereses egoístas e insolidarios. En todo esto la diplomacia pontificia no es distinta de lo que lo que debería ser también la diplomacia civil. Pero añade la dimensión espiritual y trascendental del hombre como fuente de inspiración en su promoción de la justicia social humanizada con la caridad. Esta faceta de la diplomacia pontificia, insisto, es la menos comprendida y la más importante del humanismo cristiano
5. LA CONVENCIÓN DE VIENA SOBRE LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS
La carta magna de las relaciones diplomáticas contemporáneas es el texto o Convenio sobre Relaciones Diplomáticas firmado en Viena el 18 de abril de 1961, bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Las funciones principales encomendadas a la comunicación diplomática son representar, proteger y negociar los intereses del Estado representado en el Estado receptor y enterarse por medios honestos de la situación y de los acontecimientos en el Estado receptor para informar oportunamente con la mayor objetividad posible al Estado acreditante. Finalmente, fomentar las relaciones amistosas y el desarrollo de las relaciones económicas, culturales y científicas entre el Estado acreditante y el receptor. Otros aspectos importantes son los relativos a la inviolabilidad de los locales y bienes del cuerpo diplomático acreditado, así como lo referente a la libre comunicación del personal diplomático para todos los asuntos oficiales. La correspondencia de la misión diplomática es inviolable y se establecen normas concretas sobre el correo diplomático y la forma de transporte de la valija diplomática. Varios artículos hablan de los privilegios e inmunidades de los agentes diplomáticos acreditados. La protección jurídica del personal diplomático en el país de destino se extiende a sus familiares y al personal de servicio en el desempeño de sus funciones oficiales.
Este texto básico se complementó con el Convenio de Viena sobre las Relaciones Consulares, del 24 de abril de 1963. En dicho texto se habla de la persona non grata, y se definen con más precisión otros aspectos tales como la inviolabilidad de los locales consulares y la libertad de tránsito. Salvo que por razones de seguridad nacional se establezca otra cosa, el Estado receptor “garantiza la libertad de tránsito y de circulación en su territorio a todos los miembros de la oficina consular”. En este documento se habla prolijamente de los privilegios e inmunidades del personal diplomático, extensivos a familiares y colaboradores. Reviste particular interés el artículo 35, sobre la libertad de comunicación. Textualmente: “La oficina consular podrá utilizar los medios de comunicación apropiados, entre ellos los correos diplomáticos o consulares, la valija diplomática o consular y los mensajes en clave o cifra, para comunicarse con el gobierno, con las misiones diplomáticas y con los demás consulados del estado que envía, donde quiera que se encuentren. Sin embargo, solamente con el consentimiento del Estado receptor podrá la oficina consular instalar y utilizar una emisora de radio”. Cuando fue redactado este texto no era previsible el gran desarrollo técnico posterior de los medios de comunicación pero es de admirar el deseo de libertad de expresión reflejado en el mismo. Las relaciones diplomáticas, no obstante, gozan de una libertad de expresión muy limitada. Hay comunicación social pero rigurosamente controlada y secreta para el público en general. Las relaciones diplomáticas son públicas porque públicas son las instituciones que se comunican entre sí y de interés público son la mayoría de los asuntos tratados. Pero hay secretismo en el modo de efectuarse la comunicación. Aún en los casos en que se realiza públicamente se hace de modo restringido y controlado. La censura previa es elemento constitutivo de las relaciones diplomáticas. Esto explica en parte la opinión bastante extendida de que las sedes diplomáticas son de hecho nidos de espionaje internacional. En algunos casos son lugares privilegiados para el tráfico de armas y planificación de acciones terroristas. El ideal de la verdadera diplomacia es la promoción de la paz y el entendimiento respetuoso entre los gobiernos mediante el conocimiento de sus intereses, para lo cual nada mejor que un buen servicio de información objetiva y veraz. Actualmente, sin embargo, es bien sabido que durante los últimos decenios muchas embajadas fueron centros activos de “desinformación” y de intriga internacional. Es obvio que, como dijo en su día Margaret Thatcher, el Convenio de Viena de 1961 debe ser revisado y actualizado.
6. RETRATO IDEAL DEL DIPLOMÁTICO CIVIL
A pesar de la imagen negativa que está en el ambiente sobre los profesionales de la diplomacia, la profesión mantiene sus exigencias morales lo mismo que otras profesiones tales como el periodismo, la publicidad y las relaciones públicas. La razón de ser social de una profesión pública se justifica racionalmente por la voluntad de sus miembros de respetar ciertos principios éticos fundamentales. Aunque en el campo de la diplomacia no existen códigos éticos escritos y reconocidos como en otras profesiones, existe el código de buenas costumbres y de criterios prácticos de buena conducta por los que se puede reconocer a los diplomáticos honestos y responsables entre los deshonestos y desaprensivos. Se ha dicho que el buen agente diplomático debería poseer todas las virtudes y todas las gracias. Así, se le ha descrito irónicamente como ni muy viejo ni muy joven. Ni muy alto ni muy bajo. Que no se parezca al embajador de Bolonia, a quien el Papa Bonifacio VIII pidió que se levantara cuando ya estaba en pie. Tampoco que se parezca al enviado inglés, al que rogaron se apeara del caballo, sin advertir que carecía de montura. Esto equivale a decir que el diplomático debería tener una personalidad ambigua e indefinible. Pero el diplomático así descrito se acerca más al modelo maquiavélico como experto en astucia que al de un buen relacionador público entre el Estado representado y el otro que le acoge como representante.
Según algunos expertos, el diplomático debe ser: patriota, educado, activo, afable, paciente y con un gran talante negociador. Debe ser amante de su patria, cuyos intereses representa, pero sin confundir los auténticos sentimientos patrióticos con el complejo de superioridad por representar a un estado poderoso, ni de inferioridad por representar a un estado humilde. La ausencia de complejos presupone un alto grado de madurez de personalidad. La buena educación se refiere al dominio de sí mismo, al respeto de los sentimientos ajenos y la cortesía en el sentido más castizo de la palabra. El diplomático bien educado evita las expresiones adustas y sabe encontrar una palabra cálida para los que sufren y la felicitación oportuna para los que triunfan. Su corrección en el trato personal no debe ser retractada jamás por falta de correspondencia de la otra parte. Ama los actos sociales y se encuentra en ellos como en su propia salsa. Se le recomienda que cultive lo más posible las amistades, pero que tenga pocos confidentes y, en la medida de lo posible, ningún enemigo. El trato afable debe mantenerse incluso en la toma de decisiones firmes. La mejor forma de evitar enemistades es olvidar sistemáticamente los comentarios mezquinos y las alusiones irónicas. La paciencia es indispensable para escuchar flemáticamente conversaciones y argumentaciones anodinas o impertinentes sin perder la serenidad. Como negociador, el diplomático debe ser un buen conversador evitando afirmaciones categóricas y preferirá el trato verbal a las notas escritas. Este método le permite advertir mejor las reacciones del interlocutor para llevarle por la vía de la persuasión y del razonamiento al huerto de sus intereses y del Estado al que representa. Actualmente las ventajas antiguas del discurso oral no son las mismas ya que todo lo que se dice puede quedar grabado con lo cual resulta fácil detectar los defectos y contradicciones que eventualmente se produzcan durante los discursos orales.
Se dice también que el buen diplomático ha de evitar el egocentrismo y la presunción de estar más y mejor informado que nadie. Es un error grande querer acaparar todos los asuntos como si su gestión fuera indispensable en todo, alegando cualquier motivo para llamar la atención de su gobierno o el del país receptor. Igualmente debería evitar considerarse como el gran conocedor de los secretos e intenciones más ocultas del gobierno anfitrión. La ingenuidad es mala consejera en materia de secretos. En sus informes, por tanto, el buen diplomático ha de ser objetivo y cauto, para no perjudicar al gobierno receptor, al tiempo que disciplinado y leal al gobierno del que es embajador. También se dice que el diplomático ha de ser experimentado y hombre de bien, rápido en sus percepciones y de lenta decisión. El que haya de esforzarse por ser un conversador amable y atrayente no significa que sea un cantamañanas o un fabulador de anécdotas falsas o un erudito frívolo. Ser hábil no significa tampoco que practique el arte de engañar o de simular. Las maquinaciones mendaces tienen las piernas cortas y su aparente éxito inmediato no perdura por mucho tiempo.
El diplomático pone a pleno rendimiento su calidad representativa en las negociaciones y se le recomienda mucha discreción para no comunicar lo que piensa a todo el mundo, de cualquier forma o en cualquier momento. Existe un secreto profesional que ha de ser respetado. Para ello nada mejor que la escucha paciente ante el interlocutor locuaz, pero sin abusar de la actitud hierática, consciente de que en toda negociación es preciso comunicar algo para que algo no sea comunicado. Tan desaconsejable es el flujo de información sin control como el silencio por respuesta. La negociación es un diálogo interesado en el que las partes contendientes tienen que ofrecerse algo mutuamente. Ninguno informa a cambio de un silencio o una desinformación. Lo cual no significa que durante el curso de una negociación diplomática se haya de decir sólo la verdad y nada más que la verdad. Y no porque se trate de justificar la mentira, sino porque a la verdad se ha de llegar de forma ascendente y progresiva haciendo las concesiones previstas de forma graduada y paulatina. El diplomático experimentado sabe crear suspense y jugar su última carta el final del tiempo previsto para la negociación. Esto exige mucha serenidad la cual no se ha de perder ni siquiera en la formulación de alguna protesta, si fuere menester.
Al diplomático se le recomienda que sea sociable, pero evitando la excesiva frecuentación de las gentes y la familiaridad sospechosa o perjudicial para la reputación de su persona. En tiempos pasados era normal era normal la rivalidad por el boato y la ostentación en las sedes diplomáticas. El diplomático responsable sabe que sus gastos de representación van a cargo del erario público y por ello procura sustituir la frívola fastuosidad por la estética, el buen gusto y la calidad de su trato humano con sus invitados. La prudencia aconseja al diplomático a no salir al encuentro de problemas que se resolverán sólo con el tiempo. Sabe apreciar con exactitud la oportunidad de sus intervenciones, escucha a su interlocutor y responde con delicadeza. En la elaboración de informes contrarresta el exceso de imaginación con el trabajo laborioso y ordenado evitando invenciones propias o cometer inexactitudes que tendrán que ser rectificadas. Una facultad indispensable en los diplomáticos es la buena memoria para retener los nombres de las personas así como los detalles y circunstancias en que se hallan. La historia debe ser la mina inagotable recursos en las conversaciones y negociaciones. En otros tiempos el diplomático era un retórico que degeneraba fácilmente en charlatán y demagogo. Modernamente se le exige que hable con pulcritud y corrección su idioma y conozca los idiomas extranjeros más importantes de uso internacional. A todo esto hay que añadir la ausencia de escándalos familiares, sobre todo relacionados con la propia esposa o los hijos que viven en la sede diplomática.
7. VIRTUDES ÉTICAS DEL DIPLOMÁTICO PONTIFICIO
Al diplomático pontificio le son exigidas todas las cualidades éticas del diplomático civil y algunas más requeridas por la naturaleza específica de su misión representativa. El diplomático civil representa básicamente intereses materiales, pasajeros y contingentes del Estado acreditador. El pontificio, en cambio, representa a la Santa Sede, cuyos intereses no son básicamente políticos, sino de naturaleza espiritual y atemporales, tales como la defensa de la fe, de la libertad de conciencia, el respeto a la vida y la promoción y defensa de todos los derechos fundamentales del hombre. Cuando los representantes papales intervienen en eventuales conflictos políticos lo hacen en la medida en que tales conflictos pueden afectar a la paz, a la justicia y a la libertad religiosa, que son valores superiores espirituales sobre los que la Iglesia tiene competencia propia. La firma de concordatos y convenios de diversa índole suele ser la fórmula práctica para resolver de forma pacífica y civilizada los eventuales conflictos de intereses entre la Santa Sede y los Estados.
El diplomático pontificio es un técnico del derecho internacional, pero sobre todo es un sacerdote responsable convencido de la superioridad absoluta de los valores espirituales, que promueve en nombre de la Santa Sede. Mientras el diplomático civil es antes que nada un político, o sea, un profesional del poder humano, el pontificio es prioritariamente un sacerdote y hombre de Dios. Al menos con este criterio es formado y enviado como diplomático pontificio. Los nuncios, internuncios y delegados apostólicos no se forman para representar intereses temporales sino valores espirituales que sobrepasan a los temporales y responden a la misión propia del Obispo de Roma y a su carácter supranacional. Su formación básica, pues, no es política sino sacerdotal. La primera condición para ingresar en la Academia Pontificia de Roma, fundada por el Papa Clemente XI en 1701, es ser sacerdote con treinta y tres años de edad cumplidos y doctorado en derecho canónico. Durante dos años más los candidatos a diplomáticos pontificios siguen cursos regulares de formación espiritual y se aplican con ahínco al estudio de los métodos y usos diplomáticos. El programa de estudios comprende también el latín, geografía, historia de la Iglesia, derecho internacional, sociología, economía y tres idiomas modernos. La diplomacia pontificia es un arte difícil que exige una preparación seria, razonada y constantemente actualizada. Prepara a sus diplomáticos para una misión tan delicada y difícil como el hacer respetar por los Estados el orden de los valores religiosos y los derechos humanos fundamentales, incluida la antropología cristiana. A los diplomáticos pontificios se les exige tener un sentido profundo de la historia y del futuro, capacidad de adaptación del derecho a las costumbres y a los cambios históricos, visión amplia y generosa de los intereses legítimos de los demás como contrapartida al egoísmo en el que fácilmente puede caer el diplomático civil cuando busca a cualquier precio imponer los intereses particulares de su país a los demás.
La diplomacia de la Santa Sede tiene, entre otras, las características siguientes:
Envía a sus nuncios y representantes a los diversos países para defender los derechos de la Santa Sede y de la Iglesia, pero también y al mismo tiempo para defender los derechos del país o nación donde son recibidos. No se comporta como diplomático de la Santa Sede quien en sus relaciones con los gobiernos se sirve de la astucia como forma de conducta. Debe contribuir al entendimiento y la comprensión y ser abogado de toda causa justa colaborando positivamente con el gobierno de la nación que le recibe. Los intereses que representa son aquellos que facilitan el acercamiento y la comprensión. Esto significa en la práctica que la Iglesia ejerce la diplomacia como una forma de respeto a los pueblos y escuela de caridad universal. De ahí que el diplomático pontificio debe estar preparado y dispuesto para servir a todas las causas nobles y a la promoción de los grandes valores humanos a contrapelo de las dificultades. En ocasiones se le pide un servicio de caridad rayando en lo heroico hasta sufrir la pena de prisión o ser expulsado de forma vergonzosa y humillante, si ello fuere menester. La diplomacia pontificia es entendida como una misión de representación, pero no política o de poderes temporales, sino de valores humanos perennes en todos los tiempos y lugares. Más claramente, se trata de una representación de Cristo y de su Iglesia ante los poderes de este mundo. De ahí que cuando los diplomáticos pontificios tienen las ideas claras sobre el significado de su trabajo profesional, las relaciones diplomáticas de la Iglesia con los Estados ofrecen unas ventajas prácticas para la promoción del humanismo y de difusión del Evangelio que superan con mucho los inconvenientes del idealismo y falta de sentido de la realidad de quienes anatematizan dichas prácticas diplomáticas mirando sólo a los eventuales abusos que pudieran cometerse. Por último cabe añadir que las relaciones diplomáticas, tanto civiles como pontificias, son relaciones públicas y como tales han de ser tratadas liberándolas del estado se secuestro en se encuentran por parte del derecho político. El riesgo de maquiavelismo político y la inevitable censura ensombrecen su deseable trasparencia. Pero esto no debe ser obstáculo para reconocer la legitimidad de su existencia sino una razón más para hacer un esfuerzo por dignificar constantemente su ejercicio profesional. (NICETO BLÁZQUEZ, O.P).
Cuenta el humorista que un aspirante a diplomático fue interrogado por la diferencia entre diplomáticos y políticos a lo que respondió: “Los diplomáticos no dicen lo que saben y el políticos no saben lo que dicen”. Humor aparte las relaciones diplomáticas son un capítulo quicial de las modernas relaciones internacionales entre los Estados soberanos con una misión especial que cumplir. Ellas son un factor determinante de la armonía y comprensión entre los gobiernos de las naciones y cuyo objetivo se intenta conseguir en la práctica mediante una buena diplomacia. La política sin más comparte este objetivo con la diplomacia pero sólo en el ámbito restringido del Gobierno legítimo de cada país y sus súbditos respectivos.
1. ACTIVIDADES DIPLOMÁTICAS Y PUBLICIDAD POLÍTICA
Las actividades diplomáticas son comparables con las actividades políticas como las relaciones públicas lo son con la publicidad. Son de hecho política, pero aspiran a serlo con rostro más humano. Por analogía, pues, se puede decir que el uso honesto o inmoral de la diplomacia es comparable a las prácticas honestas o inmorales de las relaciones públicas. La auténtica diplomacia de rostro humano evita el maquiavelismo como el genuino relacionador público evita convertirse en un publicista corrupto. En ambos casos los códigos de conducta personales y profesionales juegan un papel protector decisivo. Los grupos políticos suelen disponer de gabinetes de prensa y de imagen y los diplomáticos son en gran medida expertos de imagen al servicio de los países que representan en aquellos otros que los aceptan. Una de sus misiones más importantes consiste en reflejar y transmitir fielmente la buena imagen de la nación que representan con vistas a conseguir ventajas políticas, económicas y culturales. Y todo ello teniendo en cuenta los aspectos positivos y legítimos intereses de los países a donde son enviados. Las relaciones diplomáticas constituyen una modalidad de las relaciones públicas modernas de importancia capital para el logro de una convivencia mundial en paz y progreso. Pero este aspecto ha sido tradicionalmente poco o nada tenido en cuenta por los moralistas habiendo quedado secuestrado por los expertos del derecho político, los cuales lo tratan unilateralmente desde el punto de vista mecánico y funcional.
2. BREVE HISTORIA DE LA DIPLOMACIA CIVIL
La costumbre de enviar lo que hoy día llamamos misiones diplomáticas se remonta a los tiempos más antiguos entre los pueblos civilizados. Sin embargo, el término “diplomacia” es de uso reciente. Se dice que fue acuñado para el lenguaje moderno por el cardenal Richelieu (1585-1642). La costumbre en Occidente de enviar misiones diplomáticas se consolidó con el imperio romano, pero sufrió una gran crisis con las invasiones de los bárbaros durante la edad Media. Lo contrario ocurrió en Oriente, al abrigo del imperio de Constantinopla. Fueron los hombres de Estado italianos los que en la Edad Media, y más aún durante el segundo renacimiento, corrompieron la diplomacia, convirtiéndola en un arte sutil con predominio de la astucia al servicio de la intriga política y del egoísmo. Esta imagen corrupta de la actividad diplomática culminó en Maquiavelo cuya influencia ha sido nefasta en los activistas políticos hasta nuestros días. De ahí el que los términos “político” y “diplomático” se usen a veces como sinónimos de astucia e hipocresía.
La diplomacia como institución pública se consolidó durante el segundo renacimiento con el nacimiento de las repúblicas y principados. El nacimiento de nuevas nacionalidades trajo consigo la necesidad de establecer un sistema de relaciones diplomáticas entre los nuevos Gobiernos, el Emperador y el Papa. Hasta la segunda mitad del siglo XV estas relaciones se llevaban a cabo mediante legaciones personales pasajeras. El diplomático era un representante o delegado personal que cumplía misiones ocasionales en nombre de su soberano. La ampliación progresiva del horizonte geopolítico a finales del siglo XV obligó a adaptar la forma de representación tradicional a nuevas formas de relaciones internacionales inspiradas en un nuevo concepto de soberanía. Hora el soberano es una persona física con derecho a representación diplomática en nombre de la colectividad. Es dentro de este concepto nuevo de orden internacional y político donde aparecen los embajadores modernos como representantes de las nuevas repúblicas, del Emperador o del Papa. Según los historiadores, el primero en utilizar las embajadas permanentes al estilo moderno fue Enrique VII de Inglaterra (1457-1509). No obstante, el verdadero iniciador del sistema de embajadas, que comprende misiones diversas y de forma permanente fue el cardenal Richelieu. Esta transformación fue jurídicamente reconocida a raíz del tratado de Westphalia en 1648 y culminó en el Congreso de Viena de 1815. En aquella ocasión se definió la presencia de los agentes diplomáticos de forma reglamentada. Normativa ésta que fue completada después en Aix-la-Chapelle en 1818.
Llegamos así hasta el año 1961, cuando la Conferencia de Viena revisó el status de los agentes diplomáticos orientando sus actividades hacia la promoción de la amistad entre los pueblos respetando la diversidad de los regímenes políticos y socio-culturales. Para mejor cumplir con esa misión se definieron también los privilegios e inmunidades de los cuerpos diplomáticos acreditados. Se impuso el criterio de que la política debe estar subordinada a los principios del derecho y a la salvaguardia de la paz entre los pueblos. Los conflictos entre naciones deben resolverse mediante conversaciones de paz y no mediante el recurso a la guerra. En este contexto la diplomacia tiende a ser pragmática y se ha liberado de la fastuosidad de otros tiempos. El diplomático clásico era un orador o retórico, que ha sido sustituido por los agregados comerciales, culturales, militares, de prensa y otros expertos, según lugares y circunstancias. Prevalece el realismo de los problemas prácticos, cuya solución exige más preparación y competencia profesional que solemnidades y fastos sociales. Los diplomáticos antiguos defendían a capa y espada los intereses de sus países respectivos, incluso en abierta rivalidad. El buen diplomático moderno, en cambio, es un programador que busca fórmulas ventajosas para todas las partes en litigio presenta soluciones de utilidad recíproca en nombre del bien común. La buena diplomacia se interpreta como alternativa humana al aislamiento y a la guerra. La paz y la comprensión es el motor de la buena opinión, tan apreciada por los profesionales de las relaciones públicas. Lo ideal sería que las relaciones diplomáticas fueran capaces de desarmar a los ejércitos más poderosos con la paz, fruto sazonado del diálogo paciente y la mutua comprensión entre las parte beligerantes. Para llevar a cabo tan noble misión, el diplomático debe aprender el arte de la paciencia y del saber esperar para llegar a la paz superando todos los obstáculos emergentes durante los procesos de negociación.
3. LA DIPLOMACIA PONTIFICIA
La diplomacia pontificia o vaticana surgió ya en los primeros siglos de nuestra era cuando los papas todavía no ejercían poderes temporales, culminó con el advenimiento del poder temporal y ha seguido los avatares de la diplomacia civil. A este respecto, sin embargo, es interesante el hecho de que la actividad diplomática pontificia no ha sufrido interrupción ni siquiera a finales del siglo XIX cuando el Papa perdió los denominados “Estados Pontificios”. Paradójicamente, a raíz de este hecho histórico, aparentemente adverso, la diplomacia vaticana se liberó felizmente de intereses temporales y ganó en calidad. A partir de ahora se centrará en la promoción y defensa prestigiosa de los intereses espirituales de la Iglesia en el mundo entero. Durante los primeros cuatro siglos de su existencia el papado se preocupó por mantener la unidad de todos los cristianos bajo la soberanía espiritual de la Santa Sede o Sede de Pedro, cabeza de la Iglesia universal y en el contexto de esta alta misión surgieron los vicarios apostólicos. Estos eran obispos residenciales con especiales poderes pontificios delegados sobre los demás obispos de un mismo territorio. Ejercían su misión apostólica delegada de forma análoga a como lo hacen actualmente los delegados apostólicos. En tiempos del Papa español S. Dámaso, a finales del siglo IV, había vicarios apostólicos en Sevilla, Tarragona y Toledo, en España. En el siglo V aparecieron los apocrisarios o corresponsales en calidad de representantes o procuradores en la corte de Bizancio. Su objetivo principal era seguir de cerca los asuntos más importantes de la Iglesia en aquellas regiones. Solían ser simples diáconos, encargados de vigilar la integridad de la fe y tener informado al Papa.
Julián, obispo de Cos, en el año 453, es considerado por los expertos como el pionero de la diplomacia actual vaticana, cuando el Papa león I le envió ante el emperador Marciano con autoridad pontificia para “mejor salvaguardar la paz de la Iglesia” perturbada por los herejes de la época. La novedad está en que fue enviado como mensajero de paz al margen de la condición episcopal del delegado. La Iglesia confiaba el éxito de estas delicadas misiones a la honradez y habilidad de estos delegados ante las cancillerías. Después aparecieron los legati o legados sin más. Se trata de personas designadas por los papas para resolver asuntos muy puntuales y concretos. Por ejemplo para presidir en nombre del Papa un concilio o un acontecimiento de gran importancia al que el Papa no puede asistir personalmente. Estos legados adquirieron gran protagonismo durante el pontificado de Gregorio VII (1073-1085), que los enviaba, de forma permanente o casual, según los casos, ante los jefes de Estado, con amplias facultades para intervenir ante las autoridades civiles y episcopales. Así es como nació la figura del actual Nuncio de la Santa Sede. Los nuncios eran enviados para desarrollar alguna función diplomática especial ante el emperador y los reyes de la época. Con Gregorio VII la institución de los nuncios se convirtió en un órgano fundamental del gobierno de la Iglesia. Canónicamente, sin embargo, los vicarios apostólicos mantuvieron siempre su supremacía e importancia sobre los legados y nuncios. Su misión es permanente y se denominan vicarios de la Sede Apostólica. El nuncio, en cambio, se llama legado romano y su misión es temporal, lo cual no obsta para que en casos particulares el Papa designe a un nuncio para más altas y representativas misiones.
El prestigio de estas delegaciones creció a partir del siglo XI, cuando las personas designadas para tales misiones empezaron a ser legados a latere o cardenales, los cuales actuaban con mayor autoridad en sus gestiones con los poderes públicos. El último legado a latere en la historia de la diplomacia pontificia fue el cardenal Caprara, enviado por Pío VII en 1801 ante Napoleón con ocasión del Concordato. Tras la firma del mismo el ilustre purpurado se quedó en Francia en calidad de legado pontificio. Todo lo dicho no obstaba para que el Papa delegara amplias facultades en ciertos arzobispos residenciales bajo el título de legatus perpetuus o legatus natus. Estos delegados representaban a la Santa Sede en el territorio de residencia de dichos arzobispos. A su autoridad como obispos residenciales se añadía otra por delegación pontificia para tratar sobre determinados asuntos propios de la región. En España el arzobispo de Toledo gozó siempre de esas prerrogativas.
Con las cesiones territoriales de Pipino el Breve y Carlomagno, el Papa quedó automáticamente implicado en el poder temporal. Para la comprensión histórica de este hecho hay que tener presente el peligro que suponían en aquella época las pretensiones del islam sobre Occidente. Estaba en juego la sobrevivencia de la civilización cristiana amenazada por el imperio musulmán y los cristianos veían normal que fuera el Papa su árbitro supremo para mantener la unidad de toda la cristiandad. Ante tal situación de emergencia, la mayoría de los cristianos no dudó en someterse espontáneamente a la soberanía espiritual propia del Papa y a la temporal que le llegaba mediante donaciones generosas de particulares, que pronto requirieron, para su administración, la creación de nuncios y colectores de réditos y beneficios. Los nuncios, además de funciones administrativas, cumplían con delicadas misiones informativas y de negociación diplomática de carácter temporal bien definidas.
En el siglo XVI la figura del nuncio aparece ya como un auténtico diplomático eclesiástico con destino fijo y misión ad omnia, es decir, instituido para negociar todos los asuntos emergentes en el lugar de destino en nombre de la Santa Sede. Con los grandes cambios socio-políticos y religiosos del siglo XVI se consolidaron las misiones diplomáticas permanentes, sobre todo por razones de orden político y económico. A principios del siglo XVII la diplomacia pontificia había alcanzado un extraordinario esplendor, que comenzó a declinar en 1648 con ocasión del tratado de Westphalia. El movimiento anti-romano regalista y galicano produjo sus efectos obstruccionistas hasta el punto de que durante el imperio napoleónico sólo quedaron dos nuncios en funciones.
El Congreso de Viena de 1815 significó un nuevo resurgir de la diplomacia pontificia. Paradójicamente, las dos guerras mundiales hicieron comprender al mundo entero que nadie como la Iglesia busca más desinteresadamente el bien de los pueblos en lo religioso, cultural, político y económico, inspirada en la antropología del Evangelio y la promoción de los derechos humanos fundamentales, entre ellos, la vida, la libertad y la paz. De hecho, no hay jefe de Estado del mundo contemporáneo que desaproveche la ocasión de visitar al Obispo de Roma, o sea, al Papa, o de recibirle en cualquier rincón de la tierra, al margen de consideraciones religiosas, tradiciones culturales o incomprensiones políticas. La diplomacia pontificia es un humanismo de élite inspirado en la antropología del Evangelio y los derechos naturales del hombre.
4. DEFINICIÓN Y RESABIOS CONTRA LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS
Las relaciones diplomáticas pueden ser definidas como la comunicación oficial y permanente entre Estados de derecho por mediación de una delegación permanente recíprocamente reconocida. Su función principal consiste en facilitar y regular las relaciones entre los Estados, según sus intereses respectivos, dirimiendo los conflictos de intereses mediante conversaciones pacíficas. Los expertos fundamentan racionalmente las relaciones diplomáticas en la ley natural, que exige el que los pueblos vivan y se desarrollen en el respeto y la concordia resolviendo sus problemas evitando las guerras y fomentando la comprensión y la paz. La diplomacia actual tiende a dirimir los antagonismos en el mundo, a crear un ambiente social y político en el que la razón prevalezca sobre la fuerza y el progreso y la prosperidad de cada Estado se realicen en armonía con los legítimos intereses de la comunidad internacional.
En este contexto global la diplomacia pontificia ha sido definida como una ciencia y un arte al mismo tiempo. Regulada por el derecho canónico e internacional, busca el buen entendimiento entre la Iglesia y los Estados en la búsqueda común de la paz social y del progreso humano de los pueblos respetando toda vida humana, desde su fecundación hasta su ocaso natural, promoviendo la paz y el respeto de los auténticos valores religiosos, morales y sociales. La diplomacia pontificia es también una ciencia sui generis, por cuanto justifica su forma de organizarse y de actuar inspirándose en la ley natural y en principios teológico-jurídicos de los que depende la estructura misma de la Iglesia. A todo esto añade las reglas generales de la política y del derecho positivo internacionalmente reconocido. Es, pues, una ciencia en la medida en que se apoya en una fundamentación racional sólida. También se dice que la diplomacia pontificia es un arte. Esto nos lleva a pensar en la habilidad y experiencia práctica que requiere el ejercicio exitoso de esta profesión. No es fácil, en efecto, compaginar valores trascendentales con los terrenales, temporales y caducos, que son los que más interesan a los grupos políticos y a las instituciones estatales.
El diplomático pontificio se ocupa de todo tipo de asuntos que atañen directamente a la Iglesia y al Estado al mismo tiempo. Por extensión se ocupa también de los aspectos morales y sociales que afectan a la convivencia pacífica entre los pueblos. Y todo ello por la vía del diálogo civilizado y de las buenas razones de suerte que el Estado respete y asegure la libertad de acción necesaria a la Iglesia para que pueda cumplir con su deber de servicio a la humanidad. En este noble quehacer la diplomacia pontificia coincide y se identifica con muchos de los objetivos fundamentales de la diplomacia civil. Por ejemplo, en la promoción del progreso humano a escala mundial, el buen entendimiento entre las naciones y, sobre todo, en la promoción del respeto a los derechos fundamentales del hombre y resolución pacífica de los conflictos de intereses entre las naciones. Pero el diplomático pontificio no se queda en el plano exclusivo de la justicia social porque sabe que ésta por sí sola no resuelve satisfactoriamente todos los problemas del hombre sino que hay que tener en cuenta también la caridad cristiana como valor superior del humanismo integral. Este aspecto es el menos y peor comprendido por los diplomáticos civiles y el que requiere mayor habilidad por parte del diplomático pontificio.
En términos generales, los diplomáticos han sido tildados de hipócritas y maquiavélicos. En el lenguaje coloquial muchas veces el término “diplomático” es un descalificativo moral por el hecho de que las formas de comportarse de los diplomáticos son aparentemente impecables, pero en el fondo inducen a pensar en la duplicidad y el engaño. El calificativo más indicado para definir moralmente al diplomático sería “astuto”. Se tiene la impresión de que, mediante formas de conducta muy sofisticadas, los diplomáticos sólo buscan influencia y poder, para lo cual se comportan maquiavélicamente justificando el recurso a cualquier medio, aunque sea objetivamente deshonesto. Diríase que las relaciones diplomáticas tienen mucho de parecido en el campo del poder político con las relaciones publicitarias en el ámbito del comercio. Existe la sospecha de que se aplica subliminalmente el principio maquiavélico de que el fin del poder justifica el recurso a cualquier medio para lograrlo y retenerlo. El diplomático, como todo experto en relaciones públicas, no actúa desinteresadamente sino que tiene intereses creados como el publicista y el propagandista demagógico.
Aunque estos reproches no carecen de fundamento, hemos de reconocer que la verdadera diplomacia se decanta y caracteriza por la nobleza de sus intereses, la forma abierta de propugnarlos y los medios razonables para alcanzarlos. La hipocresía y el maquiavelismo son la negación misma de la auténtica actividad diplomática. Contra el peligro real de hipocresía, la ética profesional exige al diplomático verdad y trasparencia y contra el maquiavelismo, honestidad a prueba de cañón. También el diplomático pontificio puede caer en esas tentaciones de la diplomacia civil. Por ello se han formulado algunas objeciones contra la supuesta necesidad de la diplomacia pontificia. ¿Es compatible con la dignidad de la Iglesia recurrir a la diplomacia confundida muchas veces con la habilidad y astucia de los hombres, relacionada muchas veces con subterfugios y compromisos frágiles y sospechosos? ¿No significa esto un desdoro para la santidad que la Iglesia propugna como objetivo propio exclusivo? A la diplomacia pontificia se le atribuyen a veces los mismos defectos que a la civil, en la que juegan un papel importante la intriga, el espionaje y la intromisión en los asuntos de otros países. ¿Por qué no delegar en las legítimas autoridades eclesiásticas locales para gestionar directamente con las autoridades civiles respectivas los asuntos relacionados con la Iglesia evitando así el recurso a la diplomacia como institución secular?
Es obvio que la diplomacia, como institución profesional, no es necesaria para la misión espiritual de la Iglesia. Pero experiencia histórica obra en su favor por responder a una forma de actuar realista y adaptada a los signos de los tiempos. Los cristianos, en efecto, no viven en un planeta etéreo sino que son ciudadanos de países y naciones concretas en las que hay autoridades civiles y problemas que resolver que atañen a la Iglesia en sí misma y a sus estructuras sociales. Para cumplir con su misión humana en el mundo la Iglesia necesita de espacio temporal y geográfico de libertad suficiente, cosa que no siempre los Estados están dispuestos a conceder. Por otra parte, la diplomacia pontificia asume y se identifica con todos los objetivos nobles de la diplomacia civil. Es obvio que, aunque absolutamente hablando, las instituciones diplomáticas son innecesarias para la Iglesia, en la vida real son muy útiles y convenientes para facilitar la misión espiritual de la Iglesia en beneficio de la entera humanidad. Más aún, absolutamente hablando tampoco son necesarias las catedrales ni las iglesias parroquiales y, sin embargo, nadie con un poco de buen sentido de la realidad pretenderá que se destruyan porque, para adorar a Dios y practicar la caridad, basta el edificio místico de la propia santidad personal. El que haya diplomáticos corruptos, hipócritas o ambiciosos no es razón para negar las ventajas del ejercicio responsable de la diplomacia pontificia. El propio San Gregorio Magno, que fue un gran diplomático, llamó ya la atención contra la actividad diplomática confundida con el arte de la disimulación y de los artificios para velar el pensamiento con palabras, hacer pasar por verdadero lo falso y lo falso por verdadero.
Los expertos consideran que la segunda objeción contra la diplomacia pontificia es banal y sospechosa por el hecho de que se ha adaptado con realismo a los signos de los tiempos y actualmente se ocupa de cuestiones de carácter religioso y espiritual en nombre del Obispo de Roma, el Papa, como cabeza primera responsable de toda la cristiandad. La Iglesia de Cristo es por esencia universal, no nacional o regional, y el Papa mantiene el timón de la unidad y de la universalidad de muchas formas. Una de ella, mundialmente reconocida por los poderes temporales contemporáneos, es a través de sus delegados o representantes directos. La acusación de presunta injerencia en los asuntos de otros países resulta algo ridícula y sospechosa. Tras ella se oculta un sentimiento teológicamente insostenible, que hace pensar en un concepto de iglesia “nacional”, lo cual es una contradicción in terminis. La Iglesia trasciende las fronteras geográficas y políticas conocidas y, por consiguiente, cuando interviene lo hace dentro de su propio terreno y competencia y no atropellando el terreno ni las competencias de otros. Se ha de tener en cuenta, además, que los súbditos espirituales del Obispo de Roma (El Papa) son ciudadanos de derecho del país donde viven y sus asuntos como cristianos son parte integral de los asuntos comunes de sus respectivas naciones. En consecuencia, cuando la diplomacia pontificia vela por los intereses humanos y espirituales de su competencia no se injiere en lo que no debe, sino que colabora al bien común con pleno derecho. Las cuestiones directas Iglesia-Estado se enmarcan en el contexto del derecho internacional y desbordan la competencia jurisdiccional ordinaria de las autoridades eclesiásticas locales. En relación con el riesgo de convertir la diplomacia en un arte del éxito injusto mediante la aplicación del espíritu maquiavélico cabe recordar que la diplomacia pontificia es anterior a Maquiavelo y responsablemente ejercida es el arte de crear y conservar la tranquilidad del orden internacional y la paz; de establecer relaciones humanas mediante la aceptación de unas reglas de juego honestas, libres y legales y no basadas en la fuerza, la astucia o el antagonismo de intereses egoístas e insolidarios. En todo esto la diplomacia pontificia no es distinta de lo que lo que debería ser también la diplomacia civil. Pero añade la dimensión espiritual y trascendental del hombre como fuente de inspiración en su promoción de la justicia social humanizada con la caridad. Esta faceta de la diplomacia pontificia, insisto, es la menos comprendida y la más importante del humanismo cristiano
5. LA CONVENCIÓN DE VIENA SOBRE LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS
La carta magna de las relaciones diplomáticas contemporáneas es el texto o Convenio sobre Relaciones Diplomáticas firmado en Viena el 18 de abril de 1961, bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Las funciones principales encomendadas a la comunicación diplomática son representar, proteger y negociar los intereses del Estado representado en el Estado receptor y enterarse por medios honestos de la situación y de los acontecimientos en el Estado receptor para informar oportunamente con la mayor objetividad posible al Estado acreditante. Finalmente, fomentar las relaciones amistosas y el desarrollo de las relaciones económicas, culturales y científicas entre el Estado acreditante y el receptor. Otros aspectos importantes son los relativos a la inviolabilidad de los locales y bienes del cuerpo diplomático acreditado, así como lo referente a la libre comunicación del personal diplomático para todos los asuntos oficiales. La correspondencia de la misión diplomática es inviolable y se establecen normas concretas sobre el correo diplomático y la forma de transporte de la valija diplomática. Varios artículos hablan de los privilegios e inmunidades de los agentes diplomáticos acreditados. La protección jurídica del personal diplomático en el país de destino se extiende a sus familiares y al personal de servicio en el desempeño de sus funciones oficiales.
Este texto básico se complementó con el Convenio de Viena sobre las Relaciones Consulares, del 24 de abril de 1963. En dicho texto se habla de la persona non grata, y se definen con más precisión otros aspectos tales como la inviolabilidad de los locales consulares y la libertad de tránsito. Salvo que por razones de seguridad nacional se establezca otra cosa, el Estado receptor “garantiza la libertad de tránsito y de circulación en su territorio a todos los miembros de la oficina consular”. En este documento se habla prolijamente de los privilegios e inmunidades del personal diplomático, extensivos a familiares y colaboradores. Reviste particular interés el artículo 35, sobre la libertad de comunicación. Textualmente: “La oficina consular podrá utilizar los medios de comunicación apropiados, entre ellos los correos diplomáticos o consulares, la valija diplomática o consular y los mensajes en clave o cifra, para comunicarse con el gobierno, con las misiones diplomáticas y con los demás consulados del estado que envía, donde quiera que se encuentren. Sin embargo, solamente con el consentimiento del Estado receptor podrá la oficina consular instalar y utilizar una emisora de radio”. Cuando fue redactado este texto no era previsible el gran desarrollo técnico posterior de los medios de comunicación pero es de admirar el deseo de libertad de expresión reflejado en el mismo. Las relaciones diplomáticas, no obstante, gozan de una libertad de expresión muy limitada. Hay comunicación social pero rigurosamente controlada y secreta para el público en general. Las relaciones diplomáticas son públicas porque públicas son las instituciones que se comunican entre sí y de interés público son la mayoría de los asuntos tratados. Pero hay secretismo en el modo de efectuarse la comunicación. Aún en los casos en que se realiza públicamente se hace de modo restringido y controlado. La censura previa es elemento constitutivo de las relaciones diplomáticas. Esto explica en parte la opinión bastante extendida de que las sedes diplomáticas son de hecho nidos de espionaje internacional. En algunos casos son lugares privilegiados para el tráfico de armas y planificación de acciones terroristas. El ideal de la verdadera diplomacia es la promoción de la paz y el entendimiento respetuoso entre los gobiernos mediante el conocimiento de sus intereses, para lo cual nada mejor que un buen servicio de información objetiva y veraz. Actualmente, sin embargo, es bien sabido que durante los últimos decenios muchas embajadas fueron centros activos de “desinformación” y de intriga internacional. Es obvio que, como dijo en su día Margaret Thatcher, el Convenio de Viena de 1961 debe ser revisado y actualizado.
6. RETRATO IDEAL DEL DIPLOMÁTICO CIVIL
A pesar de la imagen negativa que está en el ambiente sobre los profesionales de la diplomacia, la profesión mantiene sus exigencias morales lo mismo que otras profesiones tales como el periodismo, la publicidad y las relaciones públicas. La razón de ser social de una profesión pública se justifica racionalmente por la voluntad de sus miembros de respetar ciertos principios éticos fundamentales. Aunque en el campo de la diplomacia no existen códigos éticos escritos y reconocidos como en otras profesiones, existe el código de buenas costumbres y de criterios prácticos de buena conducta por los que se puede reconocer a los diplomáticos honestos y responsables entre los deshonestos y desaprensivos. Se ha dicho que el buen agente diplomático debería poseer todas las virtudes y todas las gracias. Así, se le ha descrito irónicamente como ni muy viejo ni muy joven. Ni muy alto ni muy bajo. Que no se parezca al embajador de Bolonia, a quien el Papa Bonifacio VIII pidió que se levantara cuando ya estaba en pie. Tampoco que se parezca al enviado inglés, al que rogaron se apeara del caballo, sin advertir que carecía de montura. Esto equivale a decir que el diplomático debería tener una personalidad ambigua e indefinible. Pero el diplomático así descrito se acerca más al modelo maquiavélico como experto en astucia que al de un buen relacionador público entre el Estado representado y el otro que le acoge como representante.
Según algunos expertos, el diplomático debe ser: patriota, educado, activo, afable, paciente y con un gran talante negociador. Debe ser amante de su patria, cuyos intereses representa, pero sin confundir los auténticos sentimientos patrióticos con el complejo de superioridad por representar a un estado poderoso, ni de inferioridad por representar a un estado humilde. La ausencia de complejos presupone un alto grado de madurez de personalidad. La buena educación se refiere al dominio de sí mismo, al respeto de los sentimientos ajenos y la cortesía en el sentido más castizo de la palabra. El diplomático bien educado evita las expresiones adustas y sabe encontrar una palabra cálida para los que sufren y la felicitación oportuna para los que triunfan. Su corrección en el trato personal no debe ser retractada jamás por falta de correspondencia de la otra parte. Ama los actos sociales y se encuentra en ellos como en su propia salsa. Se le recomienda que cultive lo más posible las amistades, pero que tenga pocos confidentes y, en la medida de lo posible, ningún enemigo. El trato afable debe mantenerse incluso en la toma de decisiones firmes. La mejor forma de evitar enemistades es olvidar sistemáticamente los comentarios mezquinos y las alusiones irónicas. La paciencia es indispensable para escuchar flemáticamente conversaciones y argumentaciones anodinas o impertinentes sin perder la serenidad. Como negociador, el diplomático debe ser un buen conversador evitando afirmaciones categóricas y preferirá el trato verbal a las notas escritas. Este método le permite advertir mejor las reacciones del interlocutor para llevarle por la vía de la persuasión y del razonamiento al huerto de sus intereses y del Estado al que representa. Actualmente las ventajas antiguas del discurso oral no son las mismas ya que todo lo que se dice puede quedar grabado con lo cual resulta fácil detectar los defectos y contradicciones que eventualmente se produzcan durante los discursos orales.
Se dice también que el buen diplomático ha de evitar el egocentrismo y la presunción de estar más y mejor informado que nadie. Es un error grande querer acaparar todos los asuntos como si su gestión fuera indispensable en todo, alegando cualquier motivo para llamar la atención de su gobierno o el del país receptor. Igualmente debería evitar considerarse como el gran conocedor de los secretos e intenciones más ocultas del gobierno anfitrión. La ingenuidad es mala consejera en materia de secretos. En sus informes, por tanto, el buen diplomático ha de ser objetivo y cauto, para no perjudicar al gobierno receptor, al tiempo que disciplinado y leal al gobierno del que es embajador. También se dice que el diplomático ha de ser experimentado y hombre de bien, rápido en sus percepciones y de lenta decisión. El que haya de esforzarse por ser un conversador amable y atrayente no significa que sea un cantamañanas o un fabulador de anécdotas falsas o un erudito frívolo. Ser hábil no significa tampoco que practique el arte de engañar o de simular. Las maquinaciones mendaces tienen las piernas cortas y su aparente éxito inmediato no perdura por mucho tiempo.
El diplomático pone a pleno rendimiento su calidad representativa en las negociaciones y se le recomienda mucha discreción para no comunicar lo que piensa a todo el mundo, de cualquier forma o en cualquier momento. Existe un secreto profesional que ha de ser respetado. Para ello nada mejor que la escucha paciente ante el interlocutor locuaz, pero sin abusar de la actitud hierática, consciente de que en toda negociación es preciso comunicar algo para que algo no sea comunicado. Tan desaconsejable es el flujo de información sin control como el silencio por respuesta. La negociación es un diálogo interesado en el que las partes contendientes tienen que ofrecerse algo mutuamente. Ninguno informa a cambio de un silencio o una desinformación. Lo cual no significa que durante el curso de una negociación diplomática se haya de decir sólo la verdad y nada más que la verdad. Y no porque se trate de justificar la mentira, sino porque a la verdad se ha de llegar de forma ascendente y progresiva haciendo las concesiones previstas de forma graduada y paulatina. El diplomático experimentado sabe crear suspense y jugar su última carta el final del tiempo previsto para la negociación. Esto exige mucha serenidad la cual no se ha de perder ni siquiera en la formulación de alguna protesta, si fuere menester.
Al diplomático se le recomienda que sea sociable, pero evitando la excesiva frecuentación de las gentes y la familiaridad sospechosa o perjudicial para la reputación de su persona. En tiempos pasados era normal era normal la rivalidad por el boato y la ostentación en las sedes diplomáticas. El diplomático responsable sabe que sus gastos de representación van a cargo del erario público y por ello procura sustituir la frívola fastuosidad por la estética, el buen gusto y la calidad de su trato humano con sus invitados. La prudencia aconseja al diplomático a no salir al encuentro de problemas que se resolverán sólo con el tiempo. Sabe apreciar con exactitud la oportunidad de sus intervenciones, escucha a su interlocutor y responde con delicadeza. En la elaboración de informes contrarresta el exceso de imaginación con el trabajo laborioso y ordenado evitando invenciones propias o cometer inexactitudes que tendrán que ser rectificadas. Una facultad indispensable en los diplomáticos es la buena memoria para retener los nombres de las personas así como los detalles y circunstancias en que se hallan. La historia debe ser la mina inagotable recursos en las conversaciones y negociaciones. En otros tiempos el diplomático era un retórico que degeneraba fácilmente en charlatán y demagogo. Modernamente se le exige que hable con pulcritud y corrección su idioma y conozca los idiomas extranjeros más importantes de uso internacional. A todo esto hay que añadir la ausencia de escándalos familiares, sobre todo relacionados con la propia esposa o los hijos que viven en la sede diplomática.
7. VIRTUDES ÉTICAS DEL DIPLOMÁTICO PONTIFICIO
Al diplomático pontificio le son exigidas todas las cualidades éticas del diplomático civil y algunas más requeridas por la naturaleza específica de su misión representativa. El diplomático civil representa básicamente intereses materiales, pasajeros y contingentes del Estado acreditador. El pontificio, en cambio, representa a la Santa Sede, cuyos intereses no son básicamente políticos, sino de naturaleza espiritual y atemporales, tales como la defensa de la fe, de la libertad de conciencia, el respeto a la vida y la promoción y defensa de todos los derechos fundamentales del hombre. Cuando los representantes papales intervienen en eventuales conflictos políticos lo hacen en la medida en que tales conflictos pueden afectar a la paz, a la justicia y a la libertad religiosa, que son valores superiores espirituales sobre los que la Iglesia tiene competencia propia. La firma de concordatos y convenios de diversa índole suele ser la fórmula práctica para resolver de forma pacífica y civilizada los eventuales conflictos de intereses entre la Santa Sede y los Estados.
El diplomático pontificio es un técnico del derecho internacional, pero sobre todo es un sacerdote responsable convencido de la superioridad absoluta de los valores espirituales, que promueve en nombre de la Santa Sede. Mientras el diplomático civil es antes que nada un político, o sea, un profesional del poder humano, el pontificio es prioritariamente un sacerdote y hombre de Dios. Al menos con este criterio es formado y enviado como diplomático pontificio. Los nuncios, internuncios y delegados apostólicos no se forman para representar intereses temporales sino valores espirituales que sobrepasan a los temporales y responden a la misión propia del Obispo de Roma y a su carácter supranacional. Su formación básica, pues, no es política sino sacerdotal. La primera condición para ingresar en la Academia Pontificia de Roma, fundada por el Papa Clemente XI en 1701, es ser sacerdote con treinta y tres años de edad cumplidos y doctorado en derecho canónico. Durante dos años más los candidatos a diplomáticos pontificios siguen cursos regulares de formación espiritual y se aplican con ahínco al estudio de los métodos y usos diplomáticos. El programa de estudios comprende también el latín, geografía, historia de la Iglesia, derecho internacional, sociología, economía y tres idiomas modernos. La diplomacia pontificia es un arte difícil que exige una preparación seria, razonada y constantemente actualizada. Prepara a sus diplomáticos para una misión tan delicada y difícil como el hacer respetar por los Estados el orden de los valores religiosos y los derechos humanos fundamentales, incluida la antropología cristiana. A los diplomáticos pontificios se les exige tener un sentido profundo de la historia y del futuro, capacidad de adaptación del derecho a las costumbres y a los cambios históricos, visión amplia y generosa de los intereses legítimos de los demás como contrapartida al egoísmo en el que fácilmente puede caer el diplomático civil cuando busca a cualquier precio imponer los intereses particulares de su país a los demás.
La diplomacia de la Santa Sede tiene, entre otras, las características siguientes:
Envía a sus nuncios y representantes a los diversos países para defender los derechos de la Santa Sede y de la Iglesia, pero también y al mismo tiempo para defender los derechos del país o nación donde son recibidos. No se comporta como diplomático de la Santa Sede quien en sus relaciones con los gobiernos se sirve de la astucia como forma de conducta. Debe contribuir al entendimiento y la comprensión y ser abogado de toda causa justa colaborando positivamente con el gobierno de la nación que le recibe. Los intereses que representa son aquellos que facilitan el acercamiento y la comprensión. Esto significa en la práctica que la Iglesia ejerce la diplomacia como una forma de respeto a los pueblos y escuela de caridad universal. De ahí que el diplomático pontificio debe estar preparado y dispuesto para servir a todas las causas nobles y a la promoción de los grandes valores humanos a contrapelo de las dificultades. En ocasiones se le pide un servicio de caridad rayando en lo heroico hasta sufrir la pena de prisión o ser expulsado de forma vergonzosa y humillante, si ello fuere menester. La diplomacia pontificia es entendida como una misión de representación, pero no política o de poderes temporales, sino de valores humanos perennes en todos los tiempos y lugares. Más claramente, se trata de una representación de Cristo y de su Iglesia ante los poderes de este mundo. De ahí que cuando los diplomáticos pontificios tienen las ideas claras sobre el significado de su trabajo profesional, las relaciones diplomáticas de la Iglesia con los Estados ofrecen unas ventajas prácticas para la promoción del humanismo y de difusión del Evangelio que superan con mucho los inconvenientes del idealismo y falta de sentido de la realidad de quienes anatematizan dichas prácticas diplomáticas mirando sólo a los eventuales abusos que pudieran cometerse. Por último cabe añadir que las relaciones diplomáticas, tanto civiles como pontificias, son relaciones públicas y como tales han de ser tratadas liberándolas del estado se secuestro en se encuentran por parte del derecho político. El riesgo de maquiavelismo político y la inevitable censura ensombrecen su deseable trasparencia. Pero esto no debe ser obstáculo para reconocer la legitimidad de su existencia sino una razón más para hacer un esfuerzo por dignificar constantemente su ejercicio profesional. (NICETO BLÁZQUEZ, O.P).
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